Jaime's rant: Enero... Cooperación

Camino de Melka Kunture (Etiopía)
Esta vez voy a empezar directamente en Etiopía. Sentado en un salón de actos en la Biblioteca Nacional, en Addis Abeba. La AECID (Agencia Española de Cooperación Internacional y Desarrollo) me había invitado a un seminario sobre planes de gestión. Allí empezó mi odisea con la cooperación. Odisea, porque entre la burocracia y algunas personas, nunca llegamos a casi nada. Por suerte, otras personas, saltándose la burocracia, ayudan a sacar adelante proyectos que se llevan a buen término... hasta que entra en juego la contraparte (o no termina de entrar). Odisea porque en ambas partes se terminan dando multitud de problemas y al final no sabes cuál es el sentido de la cooperación... Mientras me pasaba alineaciones de la Selección Española de Fútbol con el representante de Dire Dawa en aquel salón de actos, el representante de Oromía me propuso colaborar en un problema de contaminación en el río Awash que afectaba al yacimiento.
La historia continúa en un coche, camino del yacimiento paleolítico de Melka Kunture, una hora al sur de la capital. Para ser época seca el olor del río no era tan fuerte, pero la contaminación se veía a simple vista. Solucionar el problema habría tenido las mismas consecuencias en cualquier caso, pero a veces hay matices que marcan la forma de trabajar con patrimonio. Solomon, que así se llama el compañero de Melka Kunture, miraba hacia el margen sur del río y las posibilidades del yacimiento y el entorno como Patrimonio Mundial. A mi me dio por mirar al margen norte... a la gente. La perspectiva de la intervención cambió totalmente y se pasó de un problema para el patrimonio a un problema para la población en el que el patrimonio podía ayudar. Conscientes de que el yacimiento prehistórico tenía interés para el gobierno y que, tras remontar el río, el problema venía principalmente de una fábrica estatal de licores, parecía que todo tenía sentido. El proyecto fue pagado por la AECID y yo hice lo que se supone que debe hacer un cooperante; asistir en la ejecución para que la contraparte actúe. Quiero creer que, aunque el problema de contaminación no se haya solucionado, algo cambió en la forma de gestionar el yacimiento. Para mi, eso es cooperación.
Hace tres años, Gustau Nerín publicó Blanco bueno busca negro pobre, una crítica mordaz a la cooperación internacional desde la experiencia. Estaba principalmente centrado en África occidental, pero daba igual por donde abriera el libro, leía algo con lo que me sentía identificado. Muchas veces entendemos la cooperación como caridad; dar a quien no tiene, lo que no estamos seguros que necesite. ¿No tienes zapatillas? Yo te doy. ¿No tienes comida? Yo te la mando. ¿No sabes hacer esto? Yo te enseño. ¡Sí! Esto también es caridad si no te lo piden. Porque la base de la cooperación reside en ayudar a alguien a hacer lo que necesita, de tal forma que no te vuelva a necesitar. Palabras clave: «juntos» y «fin». Si no lo hacemos juntos, sino que lo hago yo, no es cooperación. Si tú fin es distinto al mío, tampoco. Es decir, que si yo ejecuto el proyecto, no estoy cooperando contigo. Y si lo hacemos juntos, pero tenemos un fin distinto (por ejemplo, yo quiero restaurar un edificio y a ti te da igual), tampoco. Se tienen que dar los dos factores y no importa quién ponga el dinero, porque la financiación, no es cooperación sino ayuda. Los términos importan en estos temas.
¿Por qué me pongo tan exquisito con estas cosas? Porque uno de los problemas de la cooperación en patrimonio es que no hay cooperación, sino intervenciones unilaterales, o financiación de proyectos. Pero, sobre todo, porque las personas y las comunidades escasean... Una de las preguntas que suelen hacer en las convocatorias de proyectos es a cuánta gente va a ayudar. Como si yo pudiera cuantificar el impacto social de una intervención patrimonial como su fuera un pozo de agua en un pueblo. Como si alguien quisiera cuantificarlo... no lo hacemos ni en casa. No somos conscientes de ello, porque la gente, en el fondo, nos importa un bledo.
Así que este mes, vamos a cambiar la forma de ver las cosas y, de paso, vamos a llamarlas por su nombre. La clave de la cooperación es el trabajo conjunto entre parte y contraparte (ya empezamos mal con la terminología oficial... con relaciones de poder entre quien paga y quien recibe), para un fin común. No es caridad, no es financiación, no es ejecutar proyectos que nosotros creemos que necesitan. Cooperar es colaborar, aportar lo que hace falta para que la otra parte de la ecuación pueda llevar a cabo lo que necesita llevar a cabo. A veces es dinero, a veces es capacidad técnica, a veces tecnología, o incluso ideas, pero siempre de la mano en una condición de igualdad.
Pues bien, el patrimonio es una herramienta de cooperación muy importante y la estamos desaprovechando. Ya han aparecido en este blog casos en los que el Patrimonio Mundial hace patentes grandes desigualdades entre el entorno turístico y la población local, o la mera gestión institucionalizada de los bienes. Si un país no se implica en la gestión, por muy excepcionalmente válido y universal que sea un bien, debe quedar fuera... habrá que trabajar par que el país se implique antes de nada. Por eso hay que cooperar en las declaraciones (cosa que no se hacía en los años 70 y a veces sigue sin hacerse hoy). Pero además, en muchos lugares, se puede cooperar para el desarrollo a través del Patrimonio Mundial y eso ya lo vimos en el mes del enriquecimiento. Pero tenemos que tener claro, que una gestión sin pensar en la comunidad, será un fracaso.
Ahora toca asimilar y practicar.

Cruzando el río, los problemas del yacimiento se multiplican por 10.

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